Hay tardes radiantes donde el espíritu brilla con fuerza propia, y te ves inundado por una energía incontenible que te infunde invulnerabilidad. Y noches donde la lluvia del silencio se sostiene indefinidamente, sin esperar una réplica, vaciando de sonidos aquellos lugares que luego se llenan de recuerdos y de pensamientos peregrinos.
Qué amarga es la espera de lo que eternamente está por venir, ése cambio que nunca acaba de llegar del todo y cuya naturaleza aún desconozco. Por primera vez en mucho tiempo me estoy dejando seducir por la idea del vértigo, la eterna seducción de mirar al abismo en el que tarde o temprano sabes que vas a caer, amar ese deseo y desear caer. Y lo más curioso es que cuando caemos nunca retrocedemos, simplemente dejamos de ascender, sería interesante comprobar hasta dónde podemos descender.
Qué amarga es la espera de lo que eternamente está por venir, ése cambio que nunca acaba de llegar del todo y cuya naturaleza aún desconozco. Por primera vez en mucho tiempo me estoy dejando seducir por la idea del vértigo, la eterna seducción de mirar al abismo en el que tarde o temprano sabes que vas a caer, amar ese deseo y desear caer. Y lo más curioso es que cuando caemos nunca retrocedemos, simplemente dejamos de ascender, sería interesante comprobar hasta dónde podemos descender.