jueves, 10 de julio de 2008

Pensamientos en Germania

La pesada carga de la madurez, más marcada por una creciente amistad con la soledad que por un verdadero abandono de las costumbres propias de la juventud, va inundando poco a poco mis huesos que la resisten a pesar de las quejas. El amor, ese vacío insondable que poco a poco se siente más y más lejano, reaparece en breves retazos, sensaciones efímeras que desaparecen incapaces de tejer un telón que cubra una realidad cuyos días se suceden cada vez más deprisa. Cada vez más amargura, cada vez más tristeza, acumulada poco a poco, cargas echadas a la espalda como compañeras de un viaje sin un rumbo fijo y metas inalcanzables.

Llevo años metido en esta espiral sin sentido, mi vida se encuentra sostenida por abrumadores planes de futuro cada vez a más largo plazo, supongo que todos podemos crecer o envejecer, en mí caso resultan ciertas ambas cosas. El autodesprecio no es sino cosa del pasado y el desprecio del pasado resulta innecesario, ¿es necesario seguir siendo joven para continuar creciendo? Siento que mi alma se consume por dentro en un fuego que no termina de salir afuera, y a fuego lento consume ciertas pasiones a la vez que alimenta otras, probablemente energía creadora desperdiciada, y una pasión prisionera que desea ser desatada.